dimarts, 13 de juny de 2017

EN EL BLANDO ME HUNDO Y EN EL DURO ME SOSTENGO...

Cuando camino por una playa arenosa mis pies se hunden en la arena cálida, el contacto con la misma puede ser agradable, suave, envolvente... La arena me invita a estirarme y reposar, a dejarme sostener. Este es un lugar de descanso y bienestar.
Cuando camino por la montaña el terreno suele ser duro y pedregoso, cuando camino  estoy alerta y atento a cada paso que doy, pues la caída puede ser dolorosa. El terreno pedregoso me invita a avanzar con atención y conciencia, tomando la responsabilidad de cada paso que doy.


En la crianza de mis hijos puedo ser una madre/padre envolvente, cuidador, reparador, comprensivo y salvador... Si me excedo en esta función el hijo/a puede ser abducido por este canto de sirenas, por esta dulcísima miel... y puede quedar atrapado en una dependencia agradable que el niño  toma con gusto  hasta embriagarse... ¿ pero puede así crecer el niño y caminar hacia la autonomía?

Si tomo la polaridad opuesta y me entrego a la crianza desde la dureza, la norma estricta, el castigo y la exigencia, entonces el hijo/a puede sentirse empujado hacia el mundo exterior. Desde este lugar el niño puede sentirse obligado a hacer unas conquistas  y a asumir unas metas altas de manera prematura para satisfacer las expectativas de mamá o papá.

Como madre y como padre es importante que encuentre mi equilibrio personal entre el duro y el blando, y que desde este lugar dinámico acompañe a mis hijos en su crecimiento personal y emocional, así se hacen posibles la acogida y los límites, el descanso y la estructura... Así el niño/a es el protagonista de su propia vida, y los padres ni retenemos ni empujamos, sólo acompañamos de manera empática, asertiva y respetuosa.

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