dissabte, 28 de juliol de 2018

CUANDO LAS MUJERES APRENDEMOS A SOLTAR...

La psicología femenina está biológicamente predispuesta para la acogida y el cuidado. Nuestro útero concibe y engendra la nueva vida, la nutre, la mece, le da calor y la hace crecer en su interior.
Nuestra cultura durante siglos ha educado a las mujeres para estar al servicio de la vida, no sólo de la nueva vida, sino también de la familia de origen y de las profesiones de ayuda.

Tenemos las mujeres una intuición especial, potenciada por la educación recibida,  para percibir las necesidades ajenas, para anticiparnos en su satisfacción, sin esperar ni tan siquiera a recibir el pedido del Otro. Esta actitud de ayuda nos lleva a cargarnos con innumerables tareas, a atender diferentes asuntos de manera simultánea o encadenada... y aunque a menudo lo hacemos con gusto, ya que hemos aprendido a obtener satisfacción con ello, podemos llegar a un estado de agotamiento físico y mental, que con los años nos acaba pasando factura....

Al mismo tiempo a menudo tenemos dificultad para pedir, no nos han educado para ello, y fantaseamos con que los demás, sobretodo la pareja, adivinen nuestras necesidades y deseos y traten de satisfacerlos, así como hacemos  nosotras intuitivamente con los deseos de los demás. Pero esta supuesta satisfacción no acostumbra a suceder... la mayoría de hombres no tienen nuestros "poderes adivinatorios", ya que la psicología femenina es bastante diferente a la masculina.

Aprender a soltar nos hace bien a las mujeres, no alivia, nos libera, nos permite ocuparnos de nosotras mismas. Este soltar los asuntos ajenos también dignifica al Otro, le permite tomar sus propias responsabilidades, y así yo, mujer, dejo de ser imprescindible, puedo salir de ese lugar de grandeza y ocuparme de lo mío. Para hacer esto es del todo necesario pagar el precio, el precio de sentirme culpable por no rescatar al Otro, ese es el desgarro, esa es la herida, ese es el aprendizaje. También es imprescindible que respete la manera como el Otro asume las tareas que yo libero, sin pretender que las ejecute de la misma forma en que yo las llevaría a cabo, ya que si no quedaría sometido a mi juicio y criterio, y desde este lugar de sometimiento no podría tomar su fuerza y su dignidad.

Aprender a pedir de manera consciente y comprometida, concretando al máximo mis demandas me permite equilibrar la balanza, apoyarme en el Otro, ésto nos dignifica a ambos y posibilita que la relación sea de igualdad, cuando se trata de adultos. En el caso de los hijos también podemos pedirles, en función de su edad y capacidades, que contribuyan al bienestar familiar.
El orden y el equilibrio en las relaciones humanas es del todo imprescindible para conseguir la armonía y el bienestar personal.

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